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jueves, 21 de abril de 2016

Dos crímenes perfectos, de Sotirios Moutsanas



Siempre nos dicen que el crimen perfecto no existe, y que tarde o temprano los criminales caerán en la red de la justicia. Al menos eso es lo que han querido inculcarnos; no obstante, les aseguro que no siempre fue así. ¿Cómo puedo convencerles que esto es verdad? Claro que puedo, por la simple razón de que yo había cometido dos crímenes y había quedado totalmente  impune. De entrada tengo que informar que yo ya habré muerto cuando otras personas estén leyendo mi relato. Entregué a mi mejor amigo un sobre con el texto y se comprometió conmigo a no abrirlo hasta mi fallecimiento. La razón principal de su publicación es que quisiera ser reconocido como un genio del crimen, así que sin preámbulos empiezo a narrarles mi historia
Cuando tenía dieciocho años conocí a una chica muy dulce, guapa y con una inteligencia fuera de lo común. Entablamos una relación seria planeando nuestro futuro juntos y cuando íbamos a terminar la universidad, encontrar trabajo, casarnos y formar una familia.
Tras pasar dos años en plena felicidad un día la visité en su instituto de inglés por sorpresa para entregarle un anillo de compromiso. Sin embargo, para mi desgracia la encontré en la puerta magreándose con un tipo mucho más alto y guapo que yo. El corazón empezó a retumbarme en el pecho, una ira incontrolable se apoderó de mí y empezó a hervir la sangre en mis venas; no podía concebir semejante traición. Habíamos empezado una fuerte discusión donde ella contaba a su amante que yo la estaba acosando desde hace tiempo y que ella no tenía nada conmigo. No contenta con sus falacias comenzó a amenazarme diciéndome que si no me marchaba llamaría  a la policía. Aquello había sido el principio de una transformación radical en mi personalidad. De ser un chico afable, confiado y sosegado de repente me había convertido gradualmente en una persona desconfiada, agresiva y lleno de resentimientos.
Desde entonces mi relación con las mujeres cambió totalmente. Ya no las veía como antes, más bien las percibía  como personas traicioneras, pérfidas y lo más importante, infieles. Para mí, queridísimos amigos lectores, las mujeres eran como un enorme saco de serpientes y a ciegas tenía que poner la mano en el saco y sacar uno que podía ser: la mamba negra, la cobra real, la víbora de cascabel o…
Como era obvio todas mis relaciones fracasaban una detrás de otra hasta llegar a los cuarenta años. A esta edad conocí una chica con unos grandes ojos azules de ensueño, rebosantes de dulzura y cuyo rostro irradiaba amor y alegría. Desde el primer instante en que la vi me quedé prendado de ella, pero lo mejor fue que ella había sentido lo mismo. Ella era muy joven sólo tenía veintidós años; no obstante, eso no nos había impedido casarnos para disfrutar de nuestro amor.
Como era de esperar  en seguida empecé con mis celos impertinentes. No dejaba de importunarla a todas horas. ¿Dónde vas? ¿De dónde vienes? Ella me juraba que me era fiel, pero como era natural yo desconfiaba de ella. A decir verdad, no me extraña porque ella era una mujer espectacular. Empecé a seguirla a escondidas a todas partes, cuando iba con amigas, en el mercado, en el gimnasio, vamos era como su sombra. Sin embargo, por increíble que parezca no podía pillarla nunca. Finalmente, desesperado decidí contratar un detective privado. Durante tres meses, según él, la había vigilado y observado con detenimiento sin obtener ningún indicio de infelicidad.
—La señora Trisha es una mujer integra, honesta y totalmente fiel a usted—me dijo con tono solemne. Claro yo no solo no le había creído, sino que estaba totalmente seguro que ella se había acostado con él para que no descubriese sus fechorías.
Mi vida había sido un suplicio. Durante cinco años infernales de matrimonio vivía con una mujer desleal y yo jamás había sido capaz de pillarla. Desde luego para mi infortunio vivía con la reencarnación de demonio disfrazado de ángel. Al pensar en los pros y contras tomé la decisión de vengarme de ella. Había que actuar con astucia y cometer mi crimen  de una manera tan perfecta que jamás nadie pudiese descubrirme y así quedar impune.
Habitaba en un chalé con amplio jardín y un enorme sótano. Mi trabajo era de jefe de construcción y el sótano lo tenía lleno de materiales para tal propósito, incluido ladrillos. Leyendo en un libro de historia como los monjes de la edad media emparedaban a sus víctimas tuve una idea: decidí emparedarla. Medí unos cuarenta centímetros del muro en el fondo del sótano e inicié la construcción de un doble muro. Cuando estaba a punto de terminar dejé un pequeño hueco sin hacer; pero lo suficientemente grande como para pasar el cuerpo de mi mujer. Empecé a pintar toda la casa y cuando después de tres días finalicé, comencé a pintar también el sótano. Sólo me quedaba la parte del fondo del muro donde había construido la doble pared. Lo demás fue coser y cantar. Di a mi mujer un vaso de leche que tenía dentro un somnífero que la mantendría dormida por lo menos unas horas. Cuando estaba dormida plácidamente la enrollé con una manta y la bajé  al sótano. Eran las tres de la mañana cuando la metí por el hueco e inmediatamente  procedí a taparlo con los ladrillos. Ahora solo faltaba pintar la pared. Trabajé con ahínco y al terminar miré detenidamente  mi obra. Era totalmente imposible adivinar que fuera un doble muro. Soy un genio—dije con aire de triunfo. Sin la más mínima duda, jamás nadie la va a encontrar. De súbito, ella se despertó y comenzó a llamarme sollozando histérica.
— ¿Qué quieres?—Le dije con tono áspero.
—Por favor, por el sagrado nombre de Dios, déjame salir de aquí.
—Te voy a liberar solo con una condición: tienes que confesar tu infidelidad.
—Por la inmensa misericordia de Dios, yo jamás he sido infiel contigo.
—Como quieras. Ahí te quedarás hasta que confieses la verdad.
—De acuerdo, sí que he sido infiel. Ahora, por favor, libérame.
¡Por fin¡ ¡Demonio! ¡Hija de satanás¡ ¡Víbora venenosa¡ ¡LO CONFESASTE!
—Por lo que más quieras, tengo mucho frío, no me abandones, ten compasión de mí—dijo con tono quejumbroso.
Sollozaba como una niña pequeña. Sus gemidos de desolación romperían el corazón de la persona más impasible. Me asomé por el muro y pude sentir como sus lágrimas se agolpaban en sus ojos, como su cuerpo se convulsionaba por el frío, como le castañeteaban los dientes por el miedo atroz que experimentaba. Hasta pude sentir como el corazón le martilleaba en el pecho.
¡Ay, si pudierais verlo, amigos, si pudierais sentirlo!  ¡¡¡HORRIBLE¡¡¡
¿Podríais  imaginarlo?  Encerrados entre dos paredes, sin apenas poder moveros, en plena oscuridad condenados a una muerte de lo más horripilante que existe. Hasta pude sentir su angustia, su ansiedad, su pavor. La dejé morir sola, desamparada en la más cruel de las muertes emparedada entre dos muros. Según me encaminaba a la salida del sótano escuchaba su voz ahogada de la  zozobra y la consternación.
— ¡Por el nombre de Dios, ten compasión de mí, no me dejes morir, ten compasión, yo siempre te he sido fiel!
Cerré la puerta del sótano y miré el cielo estrellado. Una luna llena de color miel adornaba la bóveda celeste y alumbrando de lleno mi rostro parecía decirme: ¡Bravo has hecho lo que debías hacer! Por fin, había dado su merecido a este demonio. Me dirigí hacia mi cama lleno de regocijo y satisfacción para soñar con los sueños más placenteros que jamás había tenido.
Los primeros tres años desde la desaparición de mi esposa habían sido infernales. Los periodistas me habían acosado constantemente.
— ¿Qué has hecho con el cuerpo de la pobre mujer?—Me preguntaban con tono inquisitivo.
Yo respondía siempre lo mismo.
—Ella está en Europa con su amante.  Si tanto les interesa vayan a buscarla allá.
La verdad es que en todo momento había sido el principal sospechoso de su desaparición; no obstante, aunque habían registrado  toda la vivienda incluyendo el sótano no habían podido hallar ningún vestigio para acusarme. No pararon de buscarla en la televisión, en los periódicos; sin embargo, nunca hallaron ni rastro de ella. Parece que se la tragó la tierra.



Al pasar cinco años de su desaparición conseguí la nulidad matrimonial y me casé de nuevo con una mujer de treinta seis años. Era una mujer guapa, morena con un carácter bastante temperamental. Al año de nuestra unión reñíamos  a menudo a causa de mis celos y ella me plantaba cara.
Un día volví a casa tras terminar mi trabajo y me encontré con una patrulla de la policía esperándome en la puerta de mi domicilio. Me pidieron las llaves de la casa y me presentaron una orden del juez de alejamiento por acoso. Me dijeron que se me prohibía categóricamente acercarme a mi mujer a menos de un kilómetro. Yo protesté enérgicamente defendiendo que la casa era mía, pero fue en vano. Había que acatar la orden del juez. Cogí mis maletas, con mis pertenencias personales y al final, muy a mi pesar, tuve que marcharme.
¡Oh, queridísimos amigos lectores, ni de día ni de noche pude conciliar el sueño! No iba a tranquilizarme hasta que no viera en un ataúd a esa víbora de cascabel. Intenté  hilvanar mis ideas y decidí cometer un crimen tan perfecto que jamás alguien pudiera  sospechar que no murió por causas naturales. No olvidéis que todavía era el principal sospechoso de la desaparición de mi ex mujer. Durante tres meses planeé meticulosamente, hasta el más mínimo detalle, los pasos que debía dar. Era cuestión de tiempo. Esperé con serenidad el momento preciso, y efectivamente no tardó en aparecer. Un huracán estaba a punto de asolar el estado de Florida. La televisión y la radio avisaron a la población que se quedara en sus casas, porque el viento iba a superar los 180 kilómetros por hora y sería altamente peligroso salir de casa.
Cuando el huracán atizaba la ciudad y en la calles no había ni un alma, cogí el automóvil y al llegar cerca de su casa aparqué. Era las 22:30, llevaba impermeables, me puse mis guantes y me cambié los zapatos con unos de peluche. Al salir del coche apenas podía sostenerme en pie. Era una noche infernal. El viento gemía y me sacudía con una violencia que parecía el mismísimo demonio, cortinas de agua azotaba mi cara, relampagueaba y tronaba como si hubiera llegado el fin del mundo. Estoy seguro que si alguien hubiese podido verme hubiese dicho que se me había perdido la chaveta. Al llegar a casa utilicé unas copias de las llaves que tenía en la furgoneta. Abrí la puerta y entré sigilosamente. Ella tenía una manía. Cada día a las 22:45 siempre hacía un baño espumoso con música relajante y  tenía encendida varias velas aromáticas. Era como un reloj. A las 23:40 se terminaba y se iba a la cama. Miré mi reloj era las  23:10 estaba en pleno relajamiento. Subí las escaleras con el cuidado de un experto ladrón con paso fino, parecía un felino acechando su víctima. Tenía la puerta semiabierta mientras escuchaba su música favorita: Vangelis Conquest of Paradise. Me moví con maestría, me situé detrás de ella, y con  rapidez la agarré por los hombros y la hundí en el agua. Se agitaba igual que se agitaría un pez cuando  está atrapado. Al pasar treinta segundos  su fuerza empezó a decrecer hasta que al minuto se quedó totalmente quieta.
—Mira que te lo dije un montón de veces, maltita  víbora venenosa: fumar perjudica seriamente la salud— le dije con tono resuelto—. No has durado ni un minuto.
Bajé raudo a su  habitación y me encaminé hacia su mesita de noche. Allí tenía las píldoras antidepresivas que se las recetó el psiquiatra a causa de nuestras continuas contiendas. Cogí tres de ellas y rápidamente se las puse dentro de la boca. Eran unas pastillas  especiales de las que se deshacen en la lengua. Ella odiaba las píldoras, y las utilizaba igual que chupar un caramelo. Cuando el forense dictaminará su resultado sin duda seria: “Desmayo y ahogamiento por ingerir sobredosis de antidepresivos.” Pensé con aire complaciente.
Limpié el baño del agua que se ha caído, miré su hombro, no se veía ningún indicio de violencia gracias a los guantes.
Desde luego había hecho un trabajo extraordinario.
Tras pasar dos días me llamó un amigo para contarme la enorme desgracia de su fallecimiento. El médico forense dictó: “Muerte por ahogamiento a causa de desmayo por ingerir exceso de antidepresivos.”
En el sepelio lloraba como una magdalena. No paraba de confortar a sus padres y a sus hermanos con abrazos de consternación, y con los ojos bañados en lágrimas seguía sollozando desconsoladamente. Incluso al final empecé a tener espasmos en el suelo, y claro, me desmayé. En pocas palabras para darme el Oscar a la mejor interpretación. Hasta escuchaba susurros: “Pobrecito, como la quería.”
Ya mi venganza se había completado. Podía volver a mi casa y sentarme en mi sitio favorito, en el sótano, al lado del muro donde estaba emparedada mi ex mujer. Me deleitaba tomando un café y diciéndole que todo lo que le pasó ha sido por ponerme los cuernos.
Al pasar dos años mi hermano me convenció para visitar a un psiquiatra  por mis problemas de celos con las mujeres. El diagnóstico fue: “Trastorno psicótico con alucinaciones y delirios.” Había que tomar unas píldoras tres veces al día. Mi estado cambió completamente, por fin, podía controlar mis celos y hasta me había casado por tercera vez con una mujer muy comprensiva y agradable. Lo que más me complace de ella es su cuello. Lo tiene largo y hermoso como la Afrodita de Cnido. Hay veces que me vienen a la mente pensamientos raros: como que me pone los cuernos y entonces tengo ganas de arrimarme sigilosamente detrás de ella, cerca de su cuello y…



—Aquí esta señor inspector, la hemos encontrado como menciona el psicópata en su relato, emparedada entre los dos muros.
— Hay que recoger sus restos para dar santa sepultura a esta pobre mujer. Los ojos del inspector contemplaron detenidamente la mujer que había a su lado y la dijo:
—Durante 30 años de servicio he visto de todo, pero jamás  había visto un monstruo semejante; es una abominación y  un insulto para la raza humana. Usted tiene mucha suerte de estar viva. Es un milagro que  ese monstruo no la haya matado.
Ella con los ojos nublados de aflicción respondió:
—En los últimos meses el cáncer se extendió por todo su cuerpo y empezó a ver dos mujeres que según él le querían llevar al otro mundo. Él las gritaba y las llamaba víboras venenosas, diciendo que lo mejor que había hecho en esta vida era enterrarlas bajo tierra.
En la sepultura todos los familiares de Trisha llenos de emoción escuchaban las palabras de sacerdote colmados de emoción. Detrás de ellos había dos mujeres incorpóreas.
—Creo que nuestras almas ya pueden descansar en paz, Trisha.
—Sí, es verdad, mientras mi cuerpo estaba emparedado me sentía como alma en pena. Ahora me encuentro aliviada y feliz.
De súbito, una luz se manifestó y las dos mujeres empezaron a escuchar las voces de sus familiares pidiéndolas ir con ellos. Las dos mujeres cogidas de la mano se encaminaron hacia la luz con el corazón repleto de amor y bienaventuranza.




2 comentarios:

Fernando daCasa dijo...

Vaya, Sotirios, te has especializado en relatos erótico-negros, jajaja. Menos mal que tú eres un pedazo de pan y no tienes nada que ver con tus protagonistas.
Me alegró mucho conocerte en persona el pasado 17 de diciembre. Transmites mucha paz y una luz especial. Eres un ganador, y lo sabes.
Un abrazo, amigo.

Sotirios M dijo...

Hola, amigo Fernando. Primero te deseo feliz año nuevo y con muchos éxitos. Acaba de terminar tu relato en esta noche te cuento donde la pobre chiquita la picó la machaca menos mal que tiene el negro para darle la medicina. Ja, ja ja, muy bueno. Mira que coincidencia ayer mismo empecé tu libro y estoy en la página 30. Es muy pronto para valorarlo, pero te puedo decir hasta el momento que está muy bien escrito, muy elocuente, didáctico (he visto el cuadro de santa Ana por internet) y lo más importante nada aburrido. Por favor, envíame tu dirección quiero mandarte un soporte para el icono. No te preocupes no me costará nada lo mandaré como una carta. Me alegra que te haya gustado mi relato en el siguiente que se llama “Encuentro con extraterrestres una historia verdadera” te vas a quedar alucinado (describo tecnología extraterrestre con pelos y señales. No tardaré a mandarte otro email con mi opinión sobre tu libro. Un fuerte abrazo, Sotirios.