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domingo, 21 de junio de 2015

Maldito cañón , maldito seas por toda la eternidad , de Sotirios Moutsanas



El gran cañón de nueve metros de longitud presentaba un aspecto monstruoso. Durante un mes bombardeaba las hasta entonces impenetrables murallas de Constantinopla, destrozándolas y formando una enorme brecha. Giovanni, con sus soldados bizantinos, resguardaba la gran ciudad voceando:
—Por el nombre de Cristo defenderemos con nuestra propia sangre  la cuna del cristianismo.
En el cielo los ángeles, mártires, santos… contemplaban consternados con sus ojos espirituales la espeluznante batalla. La tristeza se había apoderado de todos y afligidos lloraban. San Constantino y santa Elena se acercaron al trono del Señor y se arrodillaron suplicando clemencia para Constantinopla.
—Los imperios son como las personas, nacen, crecen, envejecen y mueren. Esta es la ley de mi padre y hay que acatarla—dijo Cristo con aire compungido.
Los turcos atacaron con todas sus tropas, los cristianos se defendieron como pudieron, pero al final sucumbieron. Mientras ellos asediaban la ciudad, en el cielo con el corazón desbocado la desolación se apoderó de todos los seres de luz. Dos lágrimas hirvientes se deslizaron por las mejillas del señor. Al unísono en el cielo lamentando susurraban:
¡¡¡ Ha caído la gran ciudad, la gran ciudad ha caído!!!

¡Maldito cañón, maldito seas por toda la eternidad! 

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