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miércoles, 4 de diciembre de 2013

Memorias de un asesino en serie



 De Sotirios Moutsanas
Nací en una familia con graves problemas económicos. Durante las Navidades, para que lo entendáis, el mejor regalo era poder comer carne. Pasaron los años  llenos de miseria y dificultades: a mis padres con una insolvencia total les costaba Dios y ayuda para sacarnos adelante.  Mi futuro se preveía oscuro e incierto. Pero por gran suerte la naturaleza me había provisto de un gran don. Una memoria fotográfica y prodigiosa. Sólo con una mera mirada podía memorizar los textos. Los profesores no hacían nada más que felicitar a mis pobres  padres, que no podían comprarme ni los libros. Terminé el bachillerato con la máxima puntuación posible y de pronto percibí una beca de Estados Unidos para jóvenes  superdotados.

En Estados Unidos sabía de antemano que quería estudiar y por qué. Mi afán de ganar dinero rápido me empujó a un oscuro y maquiavélico  plan.

Cuando culminé mis estudios en criminología con la mejor graduación posible, me nacionalicé estadounidense y hallé con facilidad trabajo. Ya tenía un estatus social alto y un buen empleo para seguir con mis tenebrosos proyectos. No tardé en hallar una viuda rica bastante más mayor que yo.  Pasó un año y a la pobrecita le dio un infarto en unas circunstancias  insólitas. Seguro que ahora entendéis porque estudié criminología. Durante los estudios nos enseñaban que no existe crimen perfecto y que los criminales siempre dejaban huellas.

Pasé ocho años muy feliz despilfarrando el dinero de la viuda con caprichos y algunos y otros desenfrenos. Cuando el dinero estaba a punto de agotarse no tenía otra solución que emigrar. De mis estudios aprendí que cometiendo otro crimen estaría bajo sospecha. No sólo cambié país, también cambié continente. Fui a Australia,  hallé a  otra viuda, y repetí el mismo hecho.

Transcurrieron siete años y emigré a Europa donde contraje matrimonio con mi actual esposa. Era una mujer adinerada y de una familia de alto poder adquisitivo. Era alta, cabellos negros como azabache, muy blanca y lívida .No tenía expresión. Se podría caracterizar como una mujer fría y calculadora. Tengo que reconocer que también era educada, astuta, y en el lecho la mujer soñada por cualquier hombre. Lo extraño era que tenía cuarenta y ocho años, pero no aparentaba  más de treinta. Esto me desconcentraba sumamente. También le complacía salir mucho por las noches y durante el día le agradaba leer y estar tranquila en la casa. Mi elocuencia, el buen estar, y mis conocimientos la tenían  fascinada. Mi relación iba muy bien, me comportaba con cortesía, delicadeza y estuve siempre muy cariñoso con ella. Así pasaron seis meses con relativa  felicidad, pero como todo en la vida empezó a torcerse. Sus celos impertinentes e infundados empezaron a molestarme sobremanera. Sólo hablar con una mujer o contemplarla la ponía enferma y esto empezó acarrear ciertas escenas  ridículas e impropias para gente modosa. Mi idea era estar con ella un año y después ejecutar mi propósito. Aborrezco a las mujeres mandonas y posesivas, así que cambié mi idea original y decidí proceder a adelantar mi operación.

Esperé una noche estrellada y fui con ella cerca de un barranco que tenía una ligera inclinación hacia abajo. Empecé a decirle lo mucho que la querría y como me gustaría envejecer con ella amándonos cada día el resto de nuestras vidas. La acaricié en la mejilla, miré a sus almendrados ojos empezando a besarla con mucha dulzura. Cuando estaba muy acaramelada y excitada bajé con disimulo el freno de mano.

—Cariño, necesito hacer pipí.

     No te preocupes, cariño, te espero.

Salí del coche y sólo tenía que empujar: en sólo cuatro metros estaba el precipicio. Un estruendo horrible se escuchó según el coche se  estrelló en el suelo.

Sólo proferí: “Sayonara baby”

Tardé más de cinco horas en volver a casa a pie.

Puse la llave, “¿Qué raro la puerta no estaba cerrada? Me lo  juraría que la cerré cuando hemos salido”, pensé. Entré con cautela y cuando abrí la habitación de matrimonio me quedé boquiabierto. Por un momento me quedé aturullado. No me lo podía creer aquí estaba ella durmiendo a nuestro lecho como si nada. La desperté con lágrimas brotando de mis mejillas.

—Cariño, ¿qué ha pasado? Olvidé poner el freno de mano y el coche se me fue. ¡Qué felicidad¡ ¡Estás viva!

La abracé y empecé a lloriquear en su regazo.

—Cuando el coche se fue por el precipicio yo me salté por la puerta, por suerte me aferré en una rama; después subí y tú no estabas.

—Es que estaba aturdido y fui a pedir ayuda, pero como tú sabes, cariño, el sitio era remoto.

Ya mi relación con ella no era igual. Ella me producía pavor y respeto. La veía como alguien que albergaba algo distinto que los demás. Hice acopio de fuerzas e intenté estar muy cariñoso y afable en todo momento. Incluye cuando me daba la reprimenda por mirar una mujer obedecía con sumisión. Dejé pasar tres meses para enfriar el episodio y finalmente decidí actuar.

Teníamos nuestro aniversario, así que preparé una ensalada griega, un cochinillo al estilo segoviano y llené el cuarto de estar con velas, pétalos de rosa, y puse música amorosa de Barry White. Coloqué una manta de lana de merino cerca de la chimenea. Cuando  hemos terminado  la copiosa cena le preparé un vienes. Nos acostamos en la alfombra y puse en el compact disc Donna Summer que era su cantante favorito, no paré de decirla lo mucho que la amaba y que la vida sin ella sería como intentar vivir sin tomar agua. Abrí un champán francés y empecé a beber con ella. Su semblante destellaba de felicidad. Sus ojos me miraban prendada como una colegiada. Serví otra copa y esparcí un somnífero en su vaso  capaz de dormir a un elefante por lo menos veinticuatro horas. La llevé a la cama y de súbito estaba dormida como un angelito .Cogí un tubo de ensayo donde  tenía el veneno. Un veneno mortífero de un serpiente que su nombre es mamba  negra. Dicen que su mordedura mata a un hipopótamo  en menos de un minuto. Traspasé el veneno a una jeringuilla, me acerqué a mi queridísima  mujer y la inyecté el veneno por la boca. Sólo dije: “Hasta la vista baby” y me acosté junto con ella en un sueño quizás de los más felices de mi vida. 

Por la  mañana abrí los ojos  y el terror se apoderó de todo mí ser. Ella no estaba en la cama. De pronto apareció por la puerta con el desayuno y tarareando  tan feliz como si no pasara nada.

—Te he traído el desayuno, mi amor, —repuso.

Dios sabrá cómo hallé  fuerzas para no delatar mi sorpresa y mi aflicción. Ya los días  venideros mi vida era un suplicio. Quería matarla a todas horas. La  odiaba profundamente y no iba a sosegarme si no la aniquilaría  lo más rápido posible. Así después de unos días salió de baño y yo la esperaba con un enorme cuchillo  de cocina. La ataqué de espaldas  con traición y alevosía, la agarré por el pescuezo y empecé acuchillarla con un odio ilimitado. Durante el transcurso que le atestaba las cuchilladas gritaba, “muere demonio, muere ya.” Después fui al baño a lavarme las manos llenas de sangre. Sabía que tendría que trabajar a destajo para eliminar todos los rastros de mi horripilante crimen. Durante el transcurso que lavaba las manos empecé a sentirme muy mal. No podía discernir por qué me sentía con una enorme melancolía. Era cómo un vacío que se apoderaba de todo mi mundo interior. De súbito entendí  que estaba enamorado de ella. Me había dado cuenta que había matado a la mujer de mi vida. Sentí ganas de suicidarme. “¡Dios mío! Mi altanería y mi egocentrismo cegaron mis sentidos y no me dejaron  ver lo mucho que la quería,” pensé  con desolación.

Salí de baño con… Una mano me subió por el aire como una pluma. Casi me estaba ahogando. Miré de refilón: era ella, sus colmillos vampíricos emitían un brillo sobrecogedor que podrían llenar de miedo el hombre más valiente de planeta. Tenía los ojos rojos y sus pupilas  destellaban rabia y enojo capaz de hacer a un tigre echar a correr.

—Tienes  que elegir estar conmigo o morir—dijo.

Hice acopio de mis escasas fuerzas y proferí con voz  ahogada.

—Contigo, mi amor.

Me bajó con mucha tranquilidad esbozándome  una sonrisa. Nuestras lenguas y labios se unieron en un beso interminable. Sólo nos parábamos de vez en cuando para decir lo mucho que nos queríamos.



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