Mi nombre
es Bill Esteban Ortega y en unas pocas horas seré
electrocutado. El periódico
más célebre y con
mayor tirada, El nuevo
herald
… me
había pedido relatar mis memorias; y
mañana más de medio millón de personas leerán cómo cometí este espeluznante
crimen que conmocionó a todo el estado
de
Florida.






Lo lamento, pero
amigos,
no va a ser como
algunos creen, porque al igual que no todo lo que brilla es oro, tampoco todo lo que aparenta malo lo es a ciencia
cierta. Al juzgarme me nombraron
de todo, monstruo, abominación humana, hijo
de… y un montón de apodos innombrables.
Estoy completamente
convencido que cuando leáis mi relato
cambiaréis
de
opinión, a decir verdad, no tengo ni la más mínima duda que habrá gente
llorando arrepentida después de tan infames insultos que se profirieron contra
mi persona. Empiezo sin preámbulos a narrar mi historia, porque como
había
referido anteriormente tengo las horas contadas.







De joven era jovial, respetuoso y gentil. Lo que más me gustaba
era estudiar
en profundidad la sangrada biblia y meditar sobre las palabras
de
nuestro señor Jesucristo; y claro practicarlas en mi vida diaria. Al cumplir
veinticinco años
conocí a mi esposa. Ella era una
joven encantadora, sosegada y
llena de sueños e ilusiones. Al principio me pareció una
mujer singular y no
tardé de pedirla matrimonio. Ella aceptó
gustosamente. De nuestra unión nacieron dos preciosas
niñas, todo iba
viento en popa, éramos una
familia feliz.








Al pasar cinco años
de ventura, repentinamente mi situación
había dado un giro
de 180 grados. Pasó lo peor, lo más macabro, y francamente
deseo de todo corazón que ninguna
persona tenga que pasar mi horrible experiencia. De ser un hombre afortunado me había
convertido, en un abrir y cerrar de ojos, en un hombre desdichado.


La gente cree en los demonios, pero yo estoy convencido que
no existen: lo que existe de verdad es
el vicio, el alcohol, las drogas, que son el verdadero demonio que arrastra a la
gente a la perdición y a la falta de razón.
Al principio ella empezó a beber y gradualmente a deteriorarse
no sólo físicamente sino también mentalmente. Primero empezó a engordar a causa de
alimentarse de bollos y comidas prefabricadas hasta transformarse en una mujer
adiposa llena de michelines. No obstante, lo peor estaba por llegar, ni se cuidaba, ni se
lavaba los dientes, ni tenía la más mínima higiene. A causa de este descuido se
le habían estropeado los dientes y aparentaba
un aspecto muy desagradable. A falta de aseo personal, le aparecieron unos granos rojos purulentos en todo el
rostro. Yo con afabilidad la aconsejaba visitar al dentista y al dermatólogo;
sin embargo, ella me mandaba al diablo. Desesperado, con el corazón roto, por
la horrible situación que atravesaba, tuve que refugiarme en Dios. Cuando se
ponía agresiva contaba hasta diez, tomaba profundas respiraciones, y rezaba a
Señor para que me diera la fuerza para soportarla. Al presenciar su horrible
aspecto y soportar sus continuas vejaciones, como es natural, no me acostaba
con ella, porque me producía repugnancia
solo de acercarme a su rostro. Para mi infortunio ella con la razón totalmente perdida y
enfrascada en una botella de alcohol se cebó conmigo llamándome mariquita y no
sólo no se conformó con eso, sino que además,
me obligó a llevar por la fuerza un delantal con letras grandes “MARICONA”.
Al pasar cierto tiempo soportando vejaciones
insoportables, planeé, como es natural, el divorcio; sin embargo, cuando veía a
mis hijas de 10 y 8 años se me ablandaba el corazón y, pensaba: “Pero qué malo eres
velando por tu propio bienestar y no el de tus propias hijas”.
Un día se presentó con un dóberman negro como el carbón y
malo como el mismísimo demonio.
—Has traído el Leviatán a casa— le dije con aire compungido.
Ella no solo no se enfadó, sino al contrario, le encantó el nombre y lo llamó desde entonces así. Al día
siguiente creía que iba a ser presa de las fauces del monstruo. El maldito
perro me atacaba constantemente; y lo más desconcertante era que con mis hijas
y con mi mujer se comportaba como un angelito.
Había sobrellevado
durante años maltratos, humillaciones e insultos; sin embargo, no iba a tolerar
ni un día más a este demonio en casa. No olvidéis, amigos, que no me había
divorciado de ella por el bien de mis hijas; no obstante, para qué servía mi sacrificio si,
finalmente, estaría descuartizado por este diablo.
Al día siguiente con amabilidad, le dije:
—O sacas al perro al
jardín, y lo pones en su casita atado con la cadena, o me marcho.
Me miró con los ojos opacos, dio una calada a su cigarro,
arqueó las cejas y después de haber
tomado un sorbo de whisky, dijo con tono mordaz:
— ¡Que te lleve el diablo!
En seguida preparé mi maleta y al bajar la encontré esperándome
en la puerta.
—Bueno, de acuerdo, en el jardín atado con la cadena.
Al parecer cambió idea y no me extraña, porque yo cocinaba,
hacía los quehaceres domésticos, llevaba a las niñas al colegio, las recogía y encima tenía que trabajar para mantener la
familia. Ella también hacía dos cosas. Acostarse en la cama fumando y viento estúpidas
telenovelas mientras vaciaba bebiendo una botella de alcohol detrás de otra.
Al llegar el verano
mandamos a las niñas con sus abuelos. Yo cada fin de semana iba con mi lancha a pescar y en el vasto
océano encontraba el sosiego y la paz interior lejos de este monstruo. De tanto
llamarme maricona, yo también le había
dado un mote; y la había llamado Moby Dick; desde luego le iba bien el apodo
con sus 150 kilos parecía más una ballena
encallada que una mujer. Había olvidado decirles que le llamaba para mis
adentros, sino, no creo haber podido contaros nada.
Era final de julio, un
día muy caluroso como cada sábado me tocaba ir a pescar. Preparé la comida, lavé los
platos apresuradamente; y sólo tenía que colocarlos a su sitio y salir. Teniendo los platos en mis manos, iba rápido
a ponerlos en su sitio cuando de repente ella me zancadilleó. Todos los platos
se rompieron por fortuna no me había cortado y ella riéndose a carcajadas
decía:
—Esto te pasa por
maricona.
En este caso y por primera vez no conté hasta diez, tampoco
hice profundas respiraciones, olvidé rezar a Dios. Lo único que recuerdo es que me subió la sangre a la cabeza, mi
corazón batía como un martillo, un escalofrío recorrió mi espalda y fuera por
la razón que fuese estaba fuera de mí;
con pocas palabras perdí los estribos. Cogí un enorme tiesto y lo empotré
contra su cabeza. Bueno, qué queréis que
os diga que el tiesto se rompió en mil pedazos o como adivinéis maté a Moby Dick: mejor dicho a mi mujer. Su cráneo estaba totalmente hundido: se
había muerto al instante. Tomé por si acaso el pulso estaba más muerta que Bin
Laden.
En mi vida siempre había sido tolerante y comprensivo, igual que perdonaba todo el mundo decidí perdonarme
a mí mismo. Miré el enorme cuerpo de mi mujer en el suelo tendido boca arriba
con los ojos desorbitadamente abiertos como platos parecía que iba a levantarse en cualquier momento. Empecé a meditar que
debería hacer. Tenía dos opciones: opción A, llamar a la policía y entregarme. Es decir, que me acusarían de asesinato con premeditación y eso me llevaría
a la silla eléctrica o la inyección letal. Por desgracia vivía en Florida; en pocas palabras: tenía la muerte asegurada. Opción B: hacer desaparecer el
cadáver, porque sin él sería muy difícil formular una acusación. Pero
también provocaría otras dos posibilidades. Si me pillasen me pasaría lo mismo que
si me entregase a la policía, y si no encontrasen el cadáver: a lo mejor
podría escabullirme. Siempre me he considerado un hombre sagaz y decidí lo que
haría cualquier persona coherente: intentar eliminar el cadáver.
Medité alrededor de veinte minutos y opté por
descuartizarlo. Mi profesión era carnicero, igual eso me había empujado a
elegir esta opción. Al abrir el estómago con una enorme macheta empecé a poner
el intestino, el hígado, los riñones… en bolsas de basura. Cuando había vaciado
el cadáver empecé a cortarlo con la macheta igual que cuando cortaba las
chuletas de aguja en mi carnicería. Al terminar limpié las gotas de sudor que
caían de mi rostro, la verdad, tenía el cuerpo empapado. Contemplé el cuerpo
descuartizado y cambié de opinión. Me
decanté por hacer minúsculos trocitos, sería más fácil transportarlos.
Trabajé más de una hora y media a destajo; no obstante, al finalizar estaba
feliz. Era totalmente irreconocible, llené diez bolsas de doble capa de basura
y esperé hasta las dos de la madrugada.
Al meter las bolsas en el coche me encaminé hacia mi lancha.
Al llegar puse las bolsas en la proa de la nave y me dirigí mar adentro. Al pasar una hora descargué las
bolsas en el mar. No habían pasado ni diez minutos y el lugar donde vacié las bolsas estaba atestado de tiburones
haciendo un festín con los trozos de mi mujer. No sé porque siempre había
sentido una aversión por esos animales; sin embargo, esta vez me habían
parecido muy simpáticos hasta pude acariciar uno cerca de mi lancha. “Creo que
al final no eres tan mala, pensé, al parecer para algo sirves alimentando estas vestias.”
Al volver a casa eran las siete de la mañana. Empecé a
trabajar con ahínco. Según estaba limpiando con lejía para borrar las huellas,
de repente, mis ojos se fijaron en un minúsculo trozo.
— ¿Qué raro, cómo se me había escapado?— repuse.
Estaba exhausto y muy estresado mis nervios estaban a flor
de piel, el trocito era más pequeño que la uña de dedo meñique. Sin pensarlo
dos veces fui a la parte trasera del jardín, hice un hoyo lo puse dentro y lo
tapé. A las nueve de la mañana lo tenía todo limpio, no había rastro de mi crimen. Por si acaso decidí pintar la habitación donde sucedió el suceso.
Me costó cuatro horas pintar el
cuarto y al terminar me di una ducha y me fui directamente a dormir. Al
despertar me encontraba mucho mejor me había dormido unas dieciséis horas, no
me extraña después de la paliza que me había dado el día anterior. Esperé hasta
la una de mediodía y llamé para denunciar la desaparición de mi esposa a la policía. Ellos no demoraron
en aparecer, me hicieron un montón de preguntas y cuando terminaron se fueron.
En los días siguientes, muy sosegado hacía mis quehaceres como si no hubiera
pasado nada. De improviso al tercer día se presentaron los policías con una
orden de registro firmado por el juez y empezaron a registrar la casa palmo a palmo. Sin
embargo, al no encontrar nada salieron al jardín donde el perro ladraba y se meneaba
de un sitio a otro sin parar.
— ¿Qué te pasa, amigo?—le dijo un policía acariciándolo y el
maldito perro se movía como queriendo enseñarle algo.
—Por favor, sería tan
amable de darme la llave de la cadena
del perro— dijo el inspector frunciendo el entrecejo. Yo nunca me
había imaginado lo que iba a acontecer. El maldito perro
cuando lo había liberado se había ido
directamente a la parte trasera de jardín donde estaba escondido el minúsculo
trozo y excavando con sus pezuñas lo había sacado a la superficie. El inspector
policial lo metió en una bolsa de plástico y el resto, amigos lectores, no es
difícil de adivinar.
Pero mi historia todavía no se ha terminado, amigos, he de
relatarles lo que me sucedió ayer por la noche. Lleno de angustia empecé
a rezar a Dios. Asesinar una persona es
imperdonable, así que aturdido, desorientado y con el alma partida en dos de
dolor oraba a Señor sin parar pidiendo misericordia .La muerte no me da temor porque todos algún día
falleceremos; sin embargo, después de haber cometido el crimen pensaba que muy pronto estaría quemándome en las
llamas eternas del infierno junto con los criminales, violadores, etc. Una
ansiedad aguda colmo todo mi ser y no
pude aguantar la situación, lloré sin cesar durante varias horas. De súbito, se
me había presentado un ser de luz y empezó a consolarme. En un día estarás con
nosotros en un mundo de amor y felicidad donde sólo pueden entrar los seres de corazón
puro. La justicia divina no tiene nada que ver con la justicia humana. Dios
conoce todos tus actos y no juzgará toda
tu vida por un hecho desafortunado.
Anímate y alégrate, libérate de pensamientos negativos y cosecharás la
recompensa de tu fidelidad y la dedicación a las leyes y el amor incondicional hacia tu señor Jesucristo.
Así, amigos lectores, no deseo que os sintáis afligidos, sino que regocijéis porque muy
pronto estaré en un mundo mejor. También quiero decir que perdono a todas las personas que me insultaron hasta las
que han querido lincharme.
Antes de terminar, tengo que confesar algo que me corroe, aflige
y tortura. Espero que Dios en su
infinita misericordia me perdone por lo que os voy a decir: me ruborizo solo de pensarlo, se me hiela la sangre dentro
de las venas, no puedo ir al otro mundo
sin confesar mi último pecado.
No me arrepiento de nada en esta vida excepto de una cosa.
Me arrepiento de no haber matado también a ese maldito perro.