De Sotirios Moutsanas
Mayo 1985: Los Ángeles California.
Quizás me quedan unos días de vida, o a lo mejor unas
semanas: con suerte un par de meses. He decidido escribir este relato con el firme propósito
que pueda servirle a alguien como ejemplo para que no llegase a cometer un día las mismas equivocaciones que yo.
De joven era ya muy alto, media 1,92 tenía los ojos azules
como el mar, pelo rubio y un cuerpo escultural. Mi inteligencia muy aguda, mi
buena educación, y una voz melodiosa culta y elocuente me habían ayudado a
seducir las chicas con suma facilidad. En la vida hay gente que colecciona sellos, monedas, mariposas y
un gran etc.
Ahora viene lo increíble en mi caso: yo coleccionaba
mujeres. Era como los toros bravos, simplemente, una vez que me acostaba con
una mujer jamás repetía. Me era indiferente
el color, la edad, si era fea, guapa, gorda o lo que sea. Lo único que
me interesaba era acostarme con ellas. Durante
el transcurso de mi existencia desarrollé técnicas de amor inverosímiles;
pero les aseguro que es verdad. Llegué a hacer el amor con mujeres sin tocarlas sólo utilizando mi fuerza mental.
Lo que me hacía más dichoso era acostarme con mujeres frívolas; frías como el
hielo, con mi conocimiento de las técnicas tántricas las hacía felices y me
llenaba de complacencia cuando llegaban al clímax.
Todas las mujeres se enamoraban de mí, para no seguir con
ellas tuve que inventar un pretexto bastante creíble. Les decía que me había
enamorado de una chica de Santander que
se llamaba Ana y me sentía mal traicionarla.
Pasaron los años y yo seguía acostándome con multitud
de mujeres; pero un día llegué a
acostarme con la mujer 9.999, o sea, faltaba sólo una para el 10.000. Decidí cambiar actitud, vida y formar una familia,
hacer hijos, con pocas palabras a sentar
la cabeza y dejar mi vida voluptuosa. En realidad la mujer 10.000 sería la última. Busqué con
ahínco una mujer de belleza singular para celebrar el fin de mis andaduras.
Hallé un hotel de cinco estrellas, compré un buen champán, fresas con nata, puse velas
aromáticas en la estancia y pétalos de rosa en el baño. La música amorosa que
flotaba en el ambiente provocaba una
sensación muy agradable y un despertar de los sentidos sensuales.
Al entrar en la habitación parecía la reencarnación de un
ángel. Su beldad resplandecía por todos los sitios. Al desnudarse se podía
contemplar un cuerpo perfecto. Su cabello largo, tupido castaño claro le caía
sobre los hombros. Sus ojos azules, grandes brillaban con un fulgor magnífico.
Su voz sensual despertaba el deseo e incitaba al desenfreno. Llevaba lencería
negra que se volvería loco de placer cualquier
mortal. ¡Y los labios! ¡Ay, esos
labios carnosos, sensuales, sólo contemplarlos daba deseos de besarlos!
Hice el amor con ella con ternura, delicadeza, y
combiné técnicas tántricas que la hicieron
inmensamente feliz. Finalmente, después de seis horas de hacerle el amor interrumpido, ella tuvo multitud de orgasmos
y acabó como todas las mujeres, llamándome maestro y enamorándose de mí.
Al pasar tres meses me sentía con unos extraños mareos y
tuve que ingresar en un hospital para hacer unos análisis.
—Tranquilo, doctor, tampoco es para tanto, no hay problema
que no se solucione con una inyección.
—Lo siento, pero, tiene usted V.I.H
— ¿Y qué es eso, doctor?
—Es un virus, una enfermedad nueva, sin embargo, es
incurable y por desgracia conduce a la muerte. Por el momento no hay cura.
Al escuchar las palabras del doctor hizo que un escalofrío
me recorriera la espalda y un sudor frío
manó de mi frente, se me heló
literalmente la sangre en las venas.
Esa es mi historia, amigos, como veis me queda poco tiempo
de vida, pero seguramente quisierais preguntarme si me he arrepentido. Al
pensarlo en serio desde luego que no, no me arrepiento. AL fin y al cabo todos
moriremos un día, no obstante, tengo que
dar la razón a mi amigo Rafa. Él siempre
me decía “Donde tengas la olla, no metas
la polla”
JA, JA, JA. (Y el protagonista se murió)
