Translate

Translate

jueves, 1 de mayo de 2014

Un amor imposible



 De Sotirios Moutsanas


Cuando abrí el  sobre y me enteré de que había ganado con otros tres concursantes  un certamen de relatos, me puse muy feliz; y más contento  todavía me sentí cuando me había percatado de los nombres de los otros ganadores. Los tres eran unas maravillosas personas y excelentes escritores, encima muy amigos míos. Pero qué grande fue mi sorpresa cuando me había dado cuenta que además había un premio bastante agradable. Tres días en una casa rural en los Picos de Europa. Al llegar al lugar me acomodé en mi cuarto, y bajando en el vasto salón había encontrado a mis amigos escritores. Nos abrazamos efusivamente y nos sentamos en los cómodos sofás de la sala cerca de la chimenea. Era final de noviembre, afuera llovía a cántaros, tronaba y relampagueaba con una fuerza descomunal parecía una noche hechizada, tenía  algo misterioso y a la vez mágico que erizaba los pelos y llenaba nuestras almas de miedo. Mientras la lluvia caía sin cesar y el  viendo ululaba lastimeramente, Fernando, uno de los escritores, nos sirvió una copa de vino y dijo:
—Esta noche me inspira, creo que podemos contar cada uno un cuento o poema, en fin, una experiencia, ¿qué tal os parece?
Towanda y Belén asintieron y, claro, yo siempre había sido un apasionado incondicional  de los cuentos así que  asentí gustosamente. Primero empezaron las chicas, Towanda era la reina de microrelatos, contó un pequeño cuento lleno de intriga. Belén, una poetisa como la copa de un pino, recitó un poema que hubiera podido emocionar la persona más insensible. Finalmente, Fernando contó un cuento cómico que nos había hecho reír a carcajadas. Al llegar mi turno todas las miradas de mis amigos se clavaron en mí. Yo era muy célebre por mi habilidad de crear historias de terror poniéndome a mí mismo como principal protagonista. Se hizo  un corto silencio, tomé un sorbo  de vino, y empecé a contar:
El 1970 concluí mi master en Estados Unidos en leyendas sobre vampiros. Había decidido hacer una investigación para doctorarme en esta materia. Así que emprendí un viaje por Europa para reunir información sobre leyendas de vampiros. El primer país que había visitado fue Rumanía. La principal razón había sido que el más célebre de las leyendas sobre vampiros Vlad Dracules nació en este país. Me dirigí hacia el auténtico castillo de Vlad  Dracules, el Santuario de Poenari, de pronto estaba en el valle del Río Arges en Rumanía. Me hospedé en un pueblo en el sur de Transilvania que se llama Albesti de Arges. No sé porque me sentía muy raro, como llevar un peso en el corazón.  Siempre había sido muy creyente, así decidí a visitar una iglesia y rezar a Dios para que mi viaje terminara próspero. Cada persona tiene un ángel  de la guarda, la mayoría no lo saben; pero yo sabía cuál era el mío y, además, muchas veces me asesoraba cuando estaba en peligro.
En la iglesia, en plena contemplación escuché su voz diciéndome ciertas cosas que para mí no tenían sentido. Me pidió que llevara cuatro frasquitos de agua bendita, comprar un machete, una cruz y preparar una estaca de madera puntiaguda. Yo jamás había creído en los vampiros, está claro que son imaginaciones humanas  y no creo en estas necedades que son  supersticiones para gente inculta. Sin embargo, mi ángel me había sacado de apuros muchas veces y no tuvo otra elección que obedecer.
Al llegar al Castillo Poenari se respiraba en el ambiente una sensación de miedo, se te helaba la sangre  en las venas, una angustia me atenazaba, los latidos de mi corazón se aceleraron, un escalofrío empezó a recorrer mi columna vertebral, respiré hondo; y me fui apresuradamente de este sitio maldito.
Al pasar este horrible momento y con la cabeza fría me dispuse a investigar en los alrededores del castillo en los pequeños pueblos de la zona. Al día siguiente estaba en una pequeña aldea de muy pocos habitantes. Era noche, el cielo empezó a cambiar rápidamente de color, se había teñido de un gris oscuro. Un resplandor salvaje cruzó el cielo, se notaba la proximidad de la lluvia. Apresuradamente pregunté algunos paisanos si había un sitio para alojarme. Nosotros no tenemos sitio para hospedarte; pero siguiendo la carretera cuesta arriba a dos kilómetros hallarás la casa de Enescu, él te prestará cobijo y comida con una módica cantidad de dinero. Al subir la colina me topé con la casa, bastante grande por cierto.  Toqué la puerta y abrió un hombre alto, enjuto; tenía el rostro surcado de arrugas. Cuando le había explicado mi situación me recibió con cortesía y delicadeza. Al entrar en la casa encontré un niño de aproximadamente ocho años, era pelirrojo, desgreñado y lleno de pecas, estaba sentado con su madre en la mesa. Ella se levantó y me había ofrecido una copa de vino y yo claro la había aceptado complacido. Era una mujer robusta, con el rostro mofletudo, y más bien bajita. Me preguntaron si quería comer, asentí, era ya muy noche y tenía  mucha hambre. Y entonces sucedió lo más increíble, lo más bello que he conocido en mi vida. Entró la hija del posadero. ¡Cómo  se puede describir un ángel! ¡Dios, cómo habías  podido crear una criatura tan bella! ¡Parecía un dibujo en vivo! Sus ojos eran increíblemente cristalinos, grandes como canicas de un color marrón claro, brillante como el fuego. Los cabellos, lustrosos, exuberantes, sedosos, le caían sobre los hombros. Su carita, tersa, límpida, radiaba de beldad. No era alta; más bien era menuda; pero transmitía elegancia y gallardía en cada movimiento. No sé si es verdad eso que dicen de amor a primera vista; pero desde luego a mí me había sucedido. Además, lo más asombroso era  que ella también  había respondido  desde el primer instante nos habíamos quedado prendados el uno del otro. No paraba de mirarme con sus ojos risueños y con una sonrisa agradable que podía ablandar  el corazón más duro del mundo. Sólo iba a quedarme una noche; pero me enamoré tan desesperadamente que no iba a salir de esta casa sin casarme con ella. Los días siguientes eran como un sueño hecho realidad. Paseaba con Nicoleta  por el monde declarándonos nuestro amor. Ella me regaló un medallón con una piedra verde en medio.
— Este obsequio es para sellar nuestro amor eterno— me dijo con voz pastosa.
 Al anochecer, ya muy tarde medio dormido había escuchado la voz de mi ángel:
“Levántate y búscalos con mucho cuidado, están en el establo.”
Jamás contradije o había dudado de mi protector, en efecto, en la casa no había nadie, me dirigí sigilosamente en el establo. ¡Oh Dios!  Me ruborizo, me tiembla el cuerpo entero, los pelos se me ponen de punta sólo de pensarlo, no creo en la vida alguien había visto algo peor que yo vi aquella noche. Los había visto a los cuatro desangrando con sus enormes colmillos vampíricos un niño recién  nacido. Volví a mi aposento, el mundo se me cayó encima, todos mis sueños se partieron en mil pedazos. Hice acopio de todas mis fuerzas y les esperé escondido  en la oscuridad. Al entrar estaban discutiendo:
—El extranjero morirá el viernes — decía el padre de Nicoleta.
—No, por favor, padre, yo le quiero de verdad.
—Ni hablar; sólo tiene dos días de vida.
En mi vida siempre había creído que la mejor defensa es el ataque, así me quedé toda la noche planeando mi estrategia. Hubiera podido huir con facilidad; sin embargo, mi conciencia me impedía hacerlo porque entonces sería cómplice de los asesinatos venideros de estos monstruos. Por la mañana hablé con Enescu y le convencí a ir de caza juntos ofreciéndole una buena suma de dinero. Al llegar a la cima de la montaña actué con tan destreza y rapidez que me había sorprendido  a mí mismo. Le arrojé en pleno rostro el agua bendita  mientras sus rugidos atroces cruzaban el aire con pericia coloqué en su faz la cruz; y en este mismo instante le incrusté la estaca de madera en el corazón. En seguida saqué el machete de la mochila y le corté la cabeza.
 Al volver a casa, hallé el niño jugando en el jardín, Nicoleta estaba en el pueblo, actué sin vacilar rápidamente: era una oportunidad única. Hice exactamente lo mismo con la mujer que había hecho con su marido. Cuando había terminado estaba agotado sin respiración, intenté  recobrar el aliento como pude, repentinamente,  escuché los alaridos de pequeño monstruo. ¡Dios santo, todavía no me lo puedo creer como había salido vivo de eso! Me había agarrado por las piernas y me tiró el pequeño hijo de satanás con tanta fuerza que me dolió todo el cuerpo. Con alaridos  infernales y sin tener tiempo ni de pensar había intentado  clavar sus enormes colmillos vampíricos en mi vena yugular. Era mi final no tenía ninguna esperanza la fuerza de este pequeño diablo era por lo menos  tres veces más que la mía. En definitiva, que podría hacer yo sobre esta fuerza descomunal más que sucumbir ante mí cruel destino. Haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad, dije:
“San Miguel, mi amado ángel, mi protector, por favor, sálvame.”
 Una fuerza sobrehumana se había apoderado de todo mí ser, era como alguien actuaba con mi cuerpo, yo sentía y veía, no obstante,  no actuaba; alguien obraba  a través de mí.
Había cogido el pequeño demonio y lo había arrojado  como una pelota más de veinte metros de distancia; pero el pequeño monstruo había vuelto con más fuerza y más gritos que nunca. Sin embargo, mi protector tenía ya en su mano el frasco con el agua bendita,  lo roció a la cara del pequeño Lucifer y con la cruz profirió: en el nombre de nuestro señor Jesucristo Dios de todo lo visible y lo invisible yo te libero. La estaca penetró su corazón mientras yo ya tenía pleno poder de mi cuerpo me apresuré a cortarle la cabeza con el machete. Y de súbito, aquí estaba ella en la puerta: mí amada Nicoleta.
—Vaya, Salvador, este cuento es la leche, nos has dejado anonadados— dijo Fernando levantándose del sofá. Vamos a tomar otro vino y prosigues con la narración. Belén  y Towanda también estaban entusiasmadas con la historia. Empezaron todos a conjeturar cómo iba a terminar. Después que Fernando descorchara un buen vino rioja y al tomar unos sorbos, empecé a contar el final del relato.
Cuando vi a Nicoleta, yo no tenía fuerza para nada; además, estaba tan enamorado de ella que consideré imposible matarla. Ella se acercó hacia  mí con paso lento. Yo jamás iba a hacerte daño, me dijo con su voz melindrosa.
— Yo te quiero con todo mi corazón, a decir verdad, te he querido desde la primera vez que te  vi, mi amor.
—Yo también te quiero como nunca jamás había querido una mujer— dije mientras las lágrimas bañaron mis mejillas. Nuestras bocas y lenguas se entrelazaron  en un beso interminable, parecía que nuestros cuerpos y almas se fundieran en uno; en verdad, cómo nos queríamos con un amor puro, verdadero, honesto. La besé con mucha dulzura  otra vez y…: le clavé la estaca en el corazón. En las comisuras de sus ojos aparecieron lágrimas de sangre, ella me miró con una manera como preguntándome, ¿por qué has hecho eso? Porque te quiero demasiado, mi vida, para verte condenada; lo único que deseo es liberarte. Ella tenía  clavado sus ojos en los míos y sólo suspiró con voz  trémula, “te quiero” y expiró en mis brazos.
 Mis tres amigos aplaudían y vitoreaban:
—Bravo, Salvador, bravo, menuda imaginación la tuya — dijeron los tres al unísono.
Yo me dirigí hacia la chimenea y pretendía avivar el fuego, no querría que mis amigos, vieran mis ojos anegados en lágrimas. Me puse la mano dentro de la camisa, toqué el medallón con la piedra verde, y sólo refunfuñe entre los dientes:
-Nicoleta, mi amor, nunca dejé de amarte.